Las Fotografías Españolas De Herbert Ponting

El presente es un estudio largo, en varias partes, que se centra en un cuaderno de versos de mediados del siglo XVI en lengua española que se ha exhumado en el Archivo Histórico de Protocolos de la ciudad de Barcelona. Desbloquear de mi cabeza su nombre y que mi mente no deslizara convenientemente hacia otro lado todo lo que lo llevase a él implícito, al principio dolió. Llevaba ya tiempo conociendo a la persona con la que convivía en mi cuerpo pero que había tenido escondida y coaccionada en mi interior. Estaba a cien metros de mi hostal y cuando pasé por delante el olor del café y de pan tostado me atrajo a su interior.

Pero un día, sencillamente, comprendí que no me gustaría que él olvidara todo lo concerniente a mí y a los últimos diez años de nuestra vida, porque esos recuerdos no eran solamente eso… eran la base sobre la que habíamos crecido y construido las personas que éramos. Perdí la cuenta de los países que llevaba pisados y de las zapatillas que tuve que tirar porque había terminado por destrozar sus suelas. Chris no me acompañó hasta allí; gracias a toda esa gente que conoció en sus múltiples viajes, le surgió un trabajo en Japón para el que tuvo que salir a toda prisa. Después de recorrer el archipiélago de Tierra de fuego, me perdí en Argentina durante bastante tiempo.

Y cada persona a la que me encontré dejó un poco de ser gente” para poder acercarse a mí. Hablé con tantos desconocidos por aquel entonces… que comprendí lo que me perdí durante años. Solía leer la prensa de los lugares que visitaba porque tenía la tonta creencia de que saber de sus problemas y vicisitudes me harían vivir cada experiencia de un modo más intenso, más auténtico. Ella aceptó a la primera porque yo también le gusté en cuanto cruzamos la mirada. Me lo confesó después de besarla, paseando de noche en una playa desde la que se tenía vistas a las luces que iluminaban una parte de la ciudad.

Su propio recuerdo me hacía sentirme atraído por aquella chica y no era una sorpresa para mí. siempre supe que pasaría, que terminaría echándome a los brazos de la primera mujer que me recordara a ella, aunque no sería Alba, no olería a Alba y sería incapaz de hacerme sentir como Alba me hacía sentir. La noche anterior a mi partida, Alejandra y yo estábamos tirados en mi camastro del hostal, aprovechando las horas para comernos la boca y follarnos cuantas más veces mejor. Hugo recuperó algunas jornadas de vacaciones que le debía la empresa para atenderme.

Le conté que mi mejor amigo la acercó a nuestras vidas y que fue ese mismo gesto el que acabó con todo. Y también fue el destino el que eligió por mí la siguiente parada porque, buscando vuelos para visitar Japón, encontré que una de las opciones más baratas era volar hasta Madrid desde Buenos Aires y, un par de días después salir de allí con dirección a Osaka. Ni siquiera habíamos hablado sobre el hecho de ser padres en un futuro próximo.

Alquilé un coche para devolver en dos días en el mismo aeropuerto y me dirigí hacia el pueblo, a cincuenta kilómetros de Toledo. Cuando aparqué en la puerta de casa de mis padres me dije mentalmente, nervioso, que tendría que haber avisado. Mis padres son mayores y no me gustaría ser el responsable de mandarlos al otro barrio por un ataque al corazón. Aníbal, el perro de mis padres, acudió enloquecido ladrando, hasta que dejé que oliera mi mano a través de los barrotes de la puerta y me reconoció. A penas unos minutos más tarde, mi madre se asomó a la puerta con el paño de secar la vajilla agarrado al pecho.

Yo también me emocioné y cuando los dos se alejaron un paso para mirarme bien, me quité las lágrimas a manotazos, torpe y les sonreí. Las madres y su idea de que todo lo que hacemos es parte de una especie de guerra interna contra ellas. Los dos asintieron y… me fui con la sensación de que, bueno, Hugo y yo nunca habíamos intimado a aquel nivel e imaginarme con un tío en la cama (quiero decir interactuando) me creaba bastante rechazo pero… mis padres sí tenían razón en que me fui porque algo se rompió entre Hugo y yo y yo huí para superarlo. Hablé con ellas sobre mis viajes y cuando tocó el turno de que apareciera por allí Marian, pude sincerarme por fin.

Después de haber andado por el mundo sin horarios, sin obligaciones, sin personas a las que te une la devoción y la responsabilidad familiar, ahora me metía en casa de mis padres, donde todas mis hermanas fueron pasando, como en una procesión, con todos sus hijos. Pensé que tenía una mala suerte de la hostia, pero aún así, me presenté en la redacción de la revista dispuesta a conseguir el puesto.

Cogí una gripe estomacal justo la semana en la que tenía mi primera entrevista para un trabajo que me apasionaba; me la pegó mi pobre compañera de al lado. Era muy amable y me apreciaba sinceramente, pero los dos sabíamos que aquel trabajo, en su gabinete de comunicación, era un impasse. Eso sí, cuando llegué al piso vomité los nervios y los virus en un maratón de doce horas que me dejó otras tantas en cama fuera de juego.

Tenía muy buenas referencias de mis anteriores trabajos e incluso conseguí una carta de recomendación de Olfo, a pesar de que nuestro último encuentro, con todo aquel follón de las fotos de El Club, no había sido ideal. El sábado por la mañana me desperté con náuseas y volví a vomitar, agarrada a la taza del wáter. Pensé: aquí saben lo que se hacen” y la sonrisa me acompañó durante todo el día.